Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio…

Cooperación Misionera

El deber misionero le corresponde a toda la Iglesia, a todos los otros fieles, porque la missio ad gentes es deber de todo el pueblo de Dios, en razón de su inserción sacramental en Cristo. Podemos distinguir tres sectores esenciales, pero interdependientes y complementarios:

a. Sector propulsor y directivo

Es el Papa, y, con él, el Colegio Episcopal a quien le ha sido dado directamente el mandato misionero de ir a todos el mundo y de predicar el Evangelio a todas las criaturas. Este sector actúa a través de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Jurídicamente ordena, dirige, dilata toda la actividad misionera en el mundo.

b. Sector operativo

Es el más vasto, porque comprende los misioneros y las misioneras, las Iglesias locales, es decir, la fundación de la Iglesia allí donde ésta no se encuentra presente. Son esos los que podemos llamar las fuerzas misioneras en las fronteras.

c. Sector de la cooperación

Comprende todo el pueblo de Dios, que, aún no partiendo para ir en misión, colabora responsablemente en el desarrollo de la única Iglesia. Es el sector de la organización de la oración, de los sufrimientos, de la ayuda moral y de las ofertas.

Esta cooperación tiene diversos grados e implicaciones diferentes.

3.1. Obispos

El Decreto conciliar Ad gentes describe la cooperación de la que deben ser protagonistas los Obispos en cuanto sucesores de los apóstoles y fundamento y principio visible de la unidad y de la universalidad del pueblo de Dios. El Decreto habla de cooperación, pero en el sentido de comunión entre las Iglesias, que son como de vasos comunicantes en los que afluye la misma vida, y de cuyo desarrollo, exigencias y dificultades, todos los Obispos deben ser solícitos. La cooperación llega a ser reciprocidad; no existe ya el movimiento en sentido único de una Iglesia que envía y de una Iglesia que recibe, por lo que a cada Iglesia le influyen y está abierta a las necesidades de las otras Iglesias. Es aquí donde tiene sentido el Colegio Episcopal, que, a la manera del Colegio apostólico, sentía la necesidad de ser in solido comprometido y responsable de la evangelización del mundo.

Los Obispos son consagrados no solo para su diócesis, sino para el mundo entero.

«Los Obispos, como legítimos sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio Episcopal, reconózcanse siempre unidos entre sí y muestren que son solícitos por todas las Iglesias. […] cada uno [de ellos] debe ser fiador de la Iglesia juntamente con los demás Obispos» (Christus Dominus, 6). Su solicitud y responsabilidad les debe comprometer efectivamente en favor de aquellos territorios donde la Palabra de Dios no ha sido todavía anunciada, y de aquellas Iglesias que sufren por la falta de personal y de medios. Por eso, tienen el deber de preparar sacerdotes, religiosos y laicos para enviarles allí donde la necesidad sea más urgente. Deben promover y dirigir la obra misionera en su diócesis, en su desarrollo completo, desde la animación misionera, con un cuidado especial por la animación misionera vocacional, tanto de sacerdotes Fidei donum como de Institutos exclusivamente misioneros, y promoviendo una adecuada recogida de subsidios en favor de todas las Iglesias, y según la necesidad de cada una.

3.2. Los Sacerdotes

Para los sacerdotes es válido el mismo discurso, dado que participan de la plenitud del sacramento del episcopado. Éstos, con el Obispo, son pastores de aquella parte del pueblo de Dios que el Obispo les ha confiado. Les corresponde la tarea de guiar la comunidad, pero en esta hora de la historia deben ser concientes de que lo que se le pide a un ministro de Dios es la predicación del Evangelio a las gentes, a las que están cerca, que se encuentran en el ámbito de sus relaciones, y a las que están lejos. Más que los otros discípulos, deben desarrollar la sensibilidad de la historia no redimida de esta humanidad, donde las relaciones entre los individuos, entre los pueblos, entre los sistemas religiosos y culturales se encuentran a menudo envenenadas. La humanidad entera es la vía primera de su ministerio y de su misión. Su parroquia es el mundo. «El don espiritual que recibieron los presbíteros en la ordenación no los dispone sólo para una misión limitada y restringida, sino para una misión amplísima y universal de salvación “hasta los extremos de la tierra”» (Presbyterorum Ordinis, 10). «Todos los sacerdotes deben de tener corazón y mentalidad misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos a los más alejados y, sobre todo, a los grupos no cristianos» (Redemptoris Missio, 67). Efectivamente, el sacerdote es «servidor de la Iglesia misión porque hace a la comunidad anunciadora y testigo del Evangelio» (Pastores Dabo Vobis, 16).

Los sacerdotes deben ser los animadores misioneros naturales de sus comunidades. La actividad pastoral debe tener como motivo fundamental, como fuente inspiradora, la missio ad gentes. A algunos de ellos les puede ser pedido que dejen su pequeña grey para ser enviados a otras Iglesias de religiones y culturas diferentes para anunciar el Reino de Dios.

«Los presbíteros, en el cuidado pastoral, excitarán y mantendrán entre los fieles el celo por la evangelización del mundo, instruyéndolos con la catequesis y la predicación sobre el deber de la Iglesia de anunciar a Cristo a los gentiles» (Ad gentes, 39). Deberá promover las vocaciones específicamente misioneras, formar a los fieles en una oración con una dimensión universal, sin avergonzarse «de pedirles limosna, haciéndose mendigos por Cristo y por la salvación de las almas» (Ibíd.).

3.3. Religiosos y Religiosas

El Vaticano II pone a todas las vocaciones en la Iglesia en alerta respecto a la misión evangelizadora, también a los religiosos, tanto a los de vida contemplativa como activa. «Se ruega a estos Institutos que funden casas en los países de misiones, como ya lo han hecho algunos, para que, viviendo allí de una forma acomodada a las tradiciones genuinamente religiosas de los pueblos, den su precioso testimonio entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de Dios, y de la unión en Cristo» (Ad gentes, 40)

Además, a todos los Institutos de vida activa, «persigan o no un fin estrictamente misional» (Ibíd.) se les pide que disciernan si no podrían ampliar su acción apostólica entre las naciones paganas…

Los religiosos y las religiosas deben ser instrumentos de evangelización en un mundo en el que se han abierto «inmensos espacios para la caridad, el anuncio evangélico, la educación cristiana, la cultura y la solidaridad con los pobres, los discriminados, los marginados y oprimidos» (Redemptoris Missio, 69). Libres por la libertad que les confiere el Evangelio, están en la mejor de las condiciones para hacerse todo a todos.

3.4. Los laicos

También los laicos tienen una especial dimensión misionera, connatural a su vocación y consagración bautismal. Todos indistintamente deben colaborar en la causa del Evangelio; a todos y a cada uno de los discípulos de Cristo les incumbe el deber de extender, por lo que a ellos les compete, la fe (Lumen Gentium, 17). También a ellos les es confiada la tarea de «colaborar en la hermosa empresa de que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las tierras» (Lumen Gentium, 33). A ellos, hablando con propiedad, no les está cerrada ninguna actividad misionera, excepto la que es propia del ministerio ordenado. Deben ser animadores misioneros en la Iglesia, y evangelizadores, asumiendo plenamente la responsabilidad misionera, cuando son llamados y cooptados por el Obispo.

4. OMP: Pontificias y episcopales

Las Obras Misionales Pontificias son organismos de la Iglesia Universal, pero al mismo tiempo son Obras de las Iglesias particulares. Son Pontificias, pero son al mismo tiempo diocesanas. «Aún siendo Obras del Papa, lo son también de todo el Episcopado y de todo el Pueblo de Dios» (Mensaje para la Jornada Misionera Mundial de 1976). «Las Obras Pontificias son pues, de la competencia del Soberano Pontífice y de los Obispos. Son al mismo tiempo la institución oficial de la Iglesia universal y dirigidas por el Papa, y la institución propia y principal de cada Obispo para la educación misionera del Pueblo de dios y para la colaboración en la obra de la evangelización. Y, en razón de su carácter episcopal, las OMP deben integrar su actividad en la pastoral diocesana e interdiocesana de conjunto. Las Obras no son únicamente una estructura pontificia e internacional, sino que son también una estructura diocesana y nacional, y su actividad constituye una dimensión natural de la pastoral diocesana» (Le Pontificie Opere Missionarie. Loro scopo, loro importanza e attualità, Sacra Congregazione De Propaganda Fide, 1978, pág. 15).

Las cuatro Obras son fundamentales para el crecimiento de la conciencia misionera.

La Obra de la Propagación de la Fe

Realiza una vasta animación, de simpatía, de afecto y de ayuda financiera para venir al encuentro de las necesidades de las Iglesias hermanas de todo el mundo. La Jornada Misionera Mundial, la amplia animación que realiza a nivel mundial, las revistas que publica, consiguen tener viva en el pueblo de Dios la voluntad efectiva de cooperación misionera.

La Obra de la Santa Infancia

Con sus procesos formativos, con la educación y la formación de catequistas, es la que más siente la gente en todos los países del mundo.

La Obra de San Pedro Apóstol

Recuerda continuamente a los fieles la necesidad del reclutamiento y de la formación del clero local, para que las Iglesias jóvenes lleguen a ser autosuficientes y realmente encarnadas.

La Pontificia Unión Misional

Anima a los pastores, para que adquieran cada vez mayor conciencia de que están ordenados para la misión universal.

La preocupación de las OMP es dar una formación sólida, para que haya una verdadera cooperación misionera, y una participación en la misión universal que sea efectiva.

No es una formación genérica, sino que es sencilla; involucra a la masa de los fieles. Insiste en los valores fundamentales de la espiritualidad apostólica, teniendo presentes estos valores fundamentales.

1. La evangelización por la que se interesa es la de los no cristianos ad extra; y, de manera directa e irrenunciable, por el anuncio del Evangelio, aun acompañado por las otras actividades misioneras.

2. Formación a la universalidad, tanto a la acción evangelizadora como a la cooperación.

3. Animación y formación de vocaciones para las misiones extranjeras, sacerdotes, religiosos y religiosa, y laicos.

La metodología

Es la de una organización a diferentes niveles. Desde la Dirección Central, a las Direcciones Nacionales, diocesanas, parroquiales. A cada nivel existen referentes y encargados, que hacen llegar a todas las clases del Pueblo de Dios el itinerario misionero de la Iglesia, solicitando a cada uno su compromiso.

Las OMP Nacionales se encuentran bajo la responsabilidad directa de las Conferencias Episcopales. Son un instrumento de animación y de formación en las manos de los Obispos, y están al servicio de sus comunidades diocesanas y parroquiales, en un discurso misionero no paralelo, sino integrado en la pastoral de conjunto. Las OMP, que no son el único organismo de cooperación misionera, deben ser conscientes de que su servicio y su camino necesitan que sean continuamente verificados en el contexto global eclesial, en el camino de la Iglesia en el que se encuentran injertas y en la búsqueda de espacios universales, que es precisamente el suyo.

5. Fondo (Fondos) Universal de Solidariedad

El carácter diocesano de las Obras Misionales Pontificias no debe contraponerse y hacer prácticamente nula la universalidad. Y me refiero especialmente al fondo Universal de Solidariedad. Éste está constituido por las ofertas que los fieles y los hombres de buena voluntad entregan en ocasiones particulares: Jornada Misionera Mundial, Jornada Mundial de la Santa Infancia, y, a través de la animación, las ofertas a San Pedro Apóstol y un poco también a la Pontificia Unión Misional.

Las ofertas que se recogen en cada parroquia o ente eclesial son enviadas “por entero” a la diócesis, que las envía a la Dirección Nacional. Y todas las Direcciones Nacionales envían la entera suma a los Secretariados Internacionales en Roma.

Parte de estas ofertas sirven para los subsidios ordinarios a las diócesis dependientes de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Lo restante es para los proyectos que cada diócesis puede presentar a los respectivos secretariados para una eventual financiación.

Se han establecido y codificado algunos criterios en base a los cuales financiar los proyectos. Todo es aprobado en la Asamblea del Consejo Superior, que se reúne una vez al año.

Este procedimiento garantiza una distribución equitativa de las ofertas, según las necesidades de cada diócesis, por cuanto lo permita la cantidad de dinero disponible. De esta manera, ninguna diócesis se siente deudora y, en un cierto sentido, dependiente de otra. Las OMP hacen que las Iglesias sean verdaderamente como vasos comunicantes entre ellas. Con la creación en diferentes países de las Comisiones Nacionales de las Misiones de las Conferencias Episcopales, o por razones de animaciones, o por normas que imponen los diferentes Países, las Iglesias nacionales sufren la tentación de de financiar ellas mismas otras Iglesias con las ofertas que recogen. Esta tendencia puede demostrarse a largo plazo deletérea, en cuanto que ya no garantizaría una distribución ecuánime y, todavía peor, crearía aquél sentido de dependencia de las Iglesias pobres respecto a aquellas que las financian.

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