Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio…

Nacidas para una responsabilidad y participación de los fieles en la misión universal

El anuncio del Evangelio a los no cristianos, hasta hace algunas décadas, ha sido siempre una obra que estaba al margen. Las razones son muchas, pero a nosotros nos conviene solo aludir.

Al principio los Apóstoles se han diseminado en el mundo, según el mandamiento de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad a todas las gentes”. Han fundado Iglesias, que con su testimonio de vida y también con la predicación se han multiplicado. Una eclesiogénesis. Para Pablo, la Palabra de Dios ya había alcanzado los extremos confines de la tierra. ¿Quién no ha oído el sonido de su voz? Es “misión cumplida”. Esta es la razón por la que la actividad misionera se ha quedado al margen y, por eso, vinculada a órdenes e institutos religiosos, que lo hacían por propia opción y para responder a una vocación especial.

En 1622 se instituye el dicasterio “De Propaganda FIDE”, con la tarea de apremiar, favorecer, coordinar, presidir la actividad misionera. Surgen después los Institutos y las Congregaciones religiosas que se plantean como objetivo exclusivo la misión ad gentes entre los pueblos que están fuera de Europa.

“La misión hasta los extremos confines de la tierra” era un asunto de un grupo elegido, de un puñado de héroes, a disposición de la Santa Sede. De hecho, eran llamados y tenían el privilegio de ser misioneros apostólicos. La misión o, mejor, los territorios de misión se convertían de hecho en campo exclusivo de evangelización de órdenes o institutos religiosos, que tenían el mandato de la Santa Sede (Ius Commissionis), con la obligación de buscar personal y medios para la actividad apostólica.

1. Propagación de la Fe

Nace de la solicitud de cooperación por parte del Instituto de las Misiones Extranjeras de París, que tenía sus misiones en Oriente. Desde el principio ha tenido esta característica: la Universalidad. No es cuestión de ayudar a esta o a aquella misión, sino a todas, sin distinción. “Nosotros somos católicos y debemos fundar algo católico, es decir, universal. No debemos ayudar a esta o a aquella misión, sino a todas las misiones del mundo”.

Este fue el acto de fundación de la Obra de la Propagación de la fe, cuya iniciadora fue Pauline Jaricot. “Todos los fieles para todos los infieles”.

Carisma y finalidad de la POPF es animar misioneramente a todo el pueblo de Dios, hacer que tome conciencia de su llamada a cooperar en la actividad de la evangelización, y la universalidad de esta cooperación. Esta Obra ha constituido también el comienzo de una reflexión eclesiológica, que, tomando cuerpo años después, recordaba a todos los files un compromiso improrrogable: la Iglesia es y debe ser misionera.

En 1826 comenzaron los vínculos de relación de la OPF con la Congregación De Propaganda Fide, que, a continuación, la quiso asumir como propia dándole el título Pontificio, gracias a estas características:

Universalidad por los destinatarios de los recursos, por los protagonistas de la cooperación, y por la conciencia de la llamada universal a la misión.

Organicidad estructural: relación asociativa y papeles administrativos.

Propuesta capilar: animación hecha a todos los niveles con relaciones personales.

Sobrenaturalidad de los fines y de los medios: propagación de la fe y oración, sacrificio y vida cristiana.

2. Obra Pontificia de la Santa Infancia

Hacia la mitad del 1800, el Obispo de la diócesis de Nancy, Auguste de Forbin–Janson, después de un viaje misionero, primero a las Indias y después en los Estados Unidos de América y Canadá, se empeña en la lucha contra el infanticidio, practicado sistemáticamente en algunos países. Busca ayudas para que se asegurar a los niños no solamente el Bautismo, sino para que sean acogidos y hospedados en asilos, dispensarios, escuelas, sin discriminación alguna. El Obispo es consciente de que los niños pueden hacer algo ayudándose recíprocamente, y, después del encuentro con Pauline Jaricot, en 1842 ve confirmada su intuición: “Salvar a la infancia a través de la infancia”. En 1846, Mons. Pecci, futuro Papa León XIII, en calidad de Nuncio apostólico en Bruselas, se esforzó para que la institución se desarrollase en Bélgica.

Fundada oficialmente en 1843, la Obra asumió muy pronto un carácter parroquial con un director eclesiástico y consejeros laicos. En 1846 inicia la publicación de los Annales de la Saint–Enfance.

3. Pontificia Obra de San Pedro Apóstol

Mons. Cousin, Vicario Apostólico de Nagasaki, dadas las dificultades que encontró con los japoneses en su trabajo de evangelización, maduró la idea de qué necesario era el incremento y la formación del clero local. Por eso, era necesario construir seminarios y encontrar personal y medios para la formación cultural y espiritual.

Expuso esta decisión en un carta –del 1 de junio de 1889– dirigida a la señora Stephanie Cottin, viuda Bigard, y a la hija Jeanne, de Caen, esperando encontrar una sólida cooperación con su proyecto. Esta invitación encontró una buena acogida: las Bigard comenzaron enseguida a trabajar, para recoger fondos. En 1896 se publicó el primer opúsculo de la Obra. Después de cinco años, la Obra fue acogida en todas las diócesis de Francia. El reconocimiento oficial de la Obra no fue fácil, a causa de la enfermedad mental de Jeanne Bigard, y por la amenaza del gobierno francés de confiscar todos los bienes eclesiásticos. Jeanne Bigard se refugió en Suiza, donde consiguió regularlo todo en 1902, el mismo año en que se celebraba en Friburgo el Congreso Mariano: allí presentó esta nueva Obra Misionera a los Obispos y a todo el clero presente, para que se encargaran de su difusión en toda la Iglesia

4. Pontificia Unión Misional

A pesar de este movimiento de cooperación universal en la misión ad gentes, todavía la actividad misionera permanecía apartado de las preocupaciones y ocupaciones de la Iglesia. Al Padre Manna, un misionero del Instituto para las Misiones Extranjeras (de Italia), la situación le parecía anormal. Estaba convencido de que hasta que los sacerdotes y los obispos no se convirtieran a la idea misionera, no se daría un grande progreso en la cooperación misionera, y las misiones continuaban siendo un hecho confiado solamente a aquél grupo de misioneros absolutamente insuficientes para la misión universal de la Iglesia. El problema era animar y formar el clero, injertándole la pasión misionera, si se quería que toda la Iglesia fuera después verdaderamente para la evangelización de todo el Mundo.

El P. Manna pensó en una asociación que tuviera como única finalidad animar e infundir el apremio misionero en los pastores, quienes a su vez podían infundir una formación y espíritu misionero en sus comunidades. Ellos, los sacerdotes, debían ser casi un grupo de soldados en las trincheras, que ayudan y apoyan a los que se encuentran en la primera línea. Solamente con esta condición todas las comunidades podían llega a ser misioneras. Esta unión debía ser “una escuela de educadores al servicio apostólico, vivida en clave universal”.

En 1919, el Papa Benedicto XV aprobó la Institución. En pocos años la Obra se había extendido a todo el mundo. Con el tiempo, la asociación se extendió a los religiosos y a las religiosas.

Esta breve síntesis histórica de las OMP muestra cómo la conciencia y la responsabilidad de la misión universal de la Iglesia han madurado solamente durante los dos últimos siglos. En ella han tenido un papel preponderante los laicos, que, bajo la acción del Espíritu, informados de la situación de las misiones y de las condiciones míseras de vida de una parte de la humanidad tan grande, se han organizado para responder a la solicitud de ayuda existente, para contribuir a la difusión del Evangelio y para aliviar los sufrimientos de tantos hermanos y hermanas del mundo. La característica que las hace singulares es que estas asociaciones están abiertas a la universalidad: eran católicas. Ésta es la razón por la que Pío XI, en 1922, elevó a Pontificia cada una de las tres Obras, suscitadas por el Espíritu en el seno del Pueblo de Dios, a través de la respuesta generosa de algunas mujeres, de laicos, de obispos, y, en 1929, estableció su coordinación bajo la presidencia del Secretario de la Congregación De Propaganda Fide, y las dotó de un Consejo Superior y de Secretariados Internacionales. Al mismo tiempo, la Unión Misional del Clero fue elevada a Pontificia, e insertada en la coordinación de las OMP con la Instrucción “Ut Universa” de la Congregación De Propaganda Fide.

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