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Misión Ad Gentes

Misión ad gentes

“Las misiones”, término popular y conocido por todos nosotros. Para hablar de esta realidad utilizaremos en estas páginas la expresión “la misión ad gentes” es decir el anuncio del evangelio a aquellos pueblos, grupos humanos donde Jesucristo y su Evangelio no son conocidos o bien tal anuncio está en sus comienzos. El concilio Vaticano II integró las misiones en la misión única de la Iglesia, misión que se realiza de diversos modos según los contextos históricos diversos y cambiantes. Desde esta misión única, “las misiones” reciben una nueva luz y una mejor comprensión.

Utilizaremos también la expresión “actividad misionera” utilizada en la última encíclica misionera de Juan Pablo II: Redemptoris Missio, “La misión del redentor”. Esta encíclica comienza con estas palabras: “La misión de Cristo redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en sus comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio”. Con esta encíclica, escrita en 1990, el Papa quiere despertarnos de la apatía y dar un impulso nuevo a la actividad misionera renovando el fervor misionero.

Estamos en una nueva época misionera. La misión moderna abarca desde el siglo XVI, comienzo de la gran expansión europea hacia los otros continentes, hasta el concilio Vaticano II. A partir de este concilio hemos entrado en una nueva época misionera, convulsionada y a veces dolorosa. Nuestras sociedades y culturas han vivido y viven cambios profundo y acelerados; es el contexto donde tiene lugar la misión de la Iglesia, que ha sufrido también cambios importantes desde el citado concilio que supuso para la Iglesia una comprensión nueva de si misma y de la manera de llevar adelante la misión confiada por Jesucristo, de su manera de situarse dentro del mundo en el que está llamada a ser sal y luz, fermento y signo de una vida nueva, más humana, más plena.

Propuesta de vida y de amor

La misión arranca de la Trinidad, de su vida de comunión, de su amor compartido. El amor se comunica y con él, el gozo y la esperanza, y rompe siempre las fronteras. Por eso la misión es compartir vida, gozo y esperanza. Y Jesús el misionero del Padre, viene para enseñarnos una nueva manera de vivir: más fraterna, más solidaria, más digna y más humana, más de hijos del mismo y único Padre. “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” nos dirá él mismo en el evangelio de Juan. La misión es vida divina comunicada que nos humaniza, humaniza nuestro corazón, nuestras relaciones, nuestro mundo. El anuncio del evangelio es una propuesta de vida plena, propuesta respetuosa hecha a cada persona, a cada pueblo, a cada cultura. Si Cristo no ha resucitado, dirá S. Pablo, nuestra predicación no tiene sentido, y puesto que nosotros creemos que ha resucitado, la misión es anuncio y ofrecimiento de vida: la vida del Resucitado que transfigura nuestras pobres existencias. La fe da a nuestra existencia una mayor densidad y profundidad humana.

Desde el comienzo del cristianismo, los cristianos van a descubrir que el mensaje de Jesucristo es para todos, que no tiene límites. Será el Espíritu Santo quien se lo haga descubrir. El Espíritu siempre rompe nuestras barreras si le dejamos actuar. Y este Espíritu -semilla prometedora- presente en todos los corazones, pueblos, culturas, presente en nuestra atormentada historia humana convirtiéndola en historia de salvación, es quien construye la comunión y la unidad. Por eso la misión será ese caminar hacia la comunión de pueblos y corazones: “Que todos sean uno” Utopía, sueño, ardiente deseo de Jesús que sólo el Espíritu puede hacer realidad. La misión es servicio de ese deseo ardiente que vamos construyendo con nuestros pobres materiales humanos, transfigurados, eso sí, por la presencia del Espíritu.

Y la misión de la Iglesia no es sino la misión de Jesucristo enviado por el Padre y que a su vez envía al Espíritu para continuar la obra de salvación iniciada por el mismo Jesús. La misión de Jesús tiene a su servicio una Iglesia, de esta forma podemos decir que no es la Iglesia la que tiene una misión sino la misión la que tiene una comunidad para llevarla adelante.

Profundos cambios

El anuncio del evangelio debe de tener en cuenta la situación concreta, personal y colectiva, de los destinatarios. Los profundos cambios vividos por nuestras sociedades en los últimos decenios, y por la Iglesia misma, han modificado considerablemente los contextos en los que la misión ad gentes se realiza. Juan Pablo II se hace eco de algunos de ellos en la citada encíclica: “… debido también a los cambios modernos y a la difusión de nuevas concepciones teológicas, algunos se preguntan: ¿es válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No ha sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No es un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de la conciencia y de la libertad, ¿no excluye toda propuesta de conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier religión? ¿Para qué entonces, la misión?” (n°4)

El abismo de desigualdad económica entre el mundo rico y el pobre crece y crece inhumanamente, las situaciones de miseria en las que viven postradas millones de personas a causa de la injusticia globalizada y de la codicia son un insulto a la dignidad humana y a Dios ¿cómo afectan estas situaciones a la actividad misionera? Si todas las religiones son caminos de salvación ¿cómo seguir anunciando el evangelio de Jesucristo? Si la fe explícita en Jesús ya no es necesaria para salvarse ¿Cuál es el objetivo de la misión? Realidades como liberación, compromiso en favor de la justicia y de la paz, opción por los pobres y excluidos, diálogo interreligioso, inculturación son aspectos irrenunciables de la misión ad gentes, pero son aspectos y la actividad misionera no puede verse reducida a uno solo de ellos, los exige e incorpora todos.

La Iglesia vive para anunciar el evangelio y está al servicio de la misión, es “su dicha y vocación, su identidad más profunda”, nació misionera, la misión ad gentes ha existido siempre, desde su primera aparición en la escena pública: Pentecostés. Y desde el comienzo su lenguaje, su mirada, su horizonte quiere ser universal, como el Espíritu que la anima y empuja, como los brazos abiertos de Jesús en la cruz, como el corazón misericordioso del Padre.

La actividad misionera específica, o misión ad gentes, tiene como destinatarios “a los pueblos o grupos humanos que todavía no creen en Cristo”, “a los que están alejados de Cristo”, entre los cuales la Iglesia “no ha arraigado todavía”, y cuya cultura no ha sido influenciada aún por el evangelio. Esta actividad se distingue de las demás actividades eclesiales porque se dirige a grupos y ambientes no cristianos, debido a la ausencia o insuficiencia del anuncio evangélico y de la presencia eclesial. Por tanto, se caracteriza como tarea de anunciar a Cristo y a su evangelio, de edificación de la Iglesia local, de promocionar los valores del Reino”. Juan Pablo II Redemptoris Missio 34

Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos”. Pablo VI La evangelización del mundo contemporáneo 18

“La misión en nuestras vida”

En algunas parroquias existen grupos llamados misioneros u otros que se interesan por la actividad misionera de la Iglesia. En este recuadro en los números siguientes habrá preguntas para la reflexión personal y de grupo. Os invitamos, desde este primer tema, a participar, enviándonos vuestras reflexiones, preguntas, inquietudes. Tal vez, se podrá en el futuro instaurar un intercambio de reflexiones o actividades entre grupos de diferentes parroquias o diócesis.

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