Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio…

Misión Continental…

“Actitud permanente de conversión pastoral”

En mi segundo comentario sobre la Misión Continental afirmaba que ésta no alcanzará sus objetivos sino a partir de una “fuerte conmoción” que toque nuestras cuerdas afectivo-espirituales y lleve a una “firme decisión” que nos mantenga en la fidelidad y perseverancia.

Bien podríamos llamar “conversión personal misionera” a este “movimiento” de la voluntad, del afecto y del espíritu hacia la misión. Pero Aparecida quiere que demos un paso más y nos pide a todos una “conversión pastoral”. Leamos el texto: “la conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de la vida. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral” (DA 366).

¿Qué entendemos por conversión pastoral? Considero que la expresión es por ahora como una “intuición”, luminosa, sugerente, abierta, que está pidiendo un desarrollo desde la teología, la espiritualidad y la pastoral. Subrayo algunos aspectos  que ya aparecen en el mismo texto con el deseo de contribuir a su comprensión y puesta en práctica.

En primer lugar, Aparecida relaciona la “conversión pastoral” con la “conversión personal”. Y es ésta la que “despierta la capacidad” de la conversión pastoral. La conversión personal en cuanto conversión a Jesucristo y a su Evangelio es condición de posibilidad de la conversión pastoral de la Iglesia. Pero a su vez ésta, en cuanto “implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu esta diciendo a las Iglesias (Ap. 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta” (DA 366), lleva a una conversión personal, es decir a una escucha y docilidad al Espíritu. Por tanto, conversión personal y pastoral se complementan y se influyen.

En segundo lugar, llama la atención el “todo” y el “todos”. “Someter todo al servicio de la instauración del Reino de la vida” (DA 366), significa que la decisión misionera, firme y conmovida, “debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución” (DA 365). Personas, comunidades, estructuras y métodos serán evaluados y renovados desde su servicio al Reino de la vida.

La IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Santo Domingo ya había hablado de la conversión pastoral en este mismo sentido: “la nueva evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser coherente con el Concilio. Lo toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismo que hagan presente cada vez con más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación universal” (SD. 30). Les hago caer en la cuenta de la visión integradora de este planteamiento. ¡Cuántas veces establecemos la oposición entre renovación de personas y renovación de estructuras! La conversión pastoral afecta a las personas y a las estructuras.

“Todos” estamos llamados a asumir esta actitud permanente de conversión pastoral, cada uno según su especifica vocación (cfr. DA 366). Nadie puede excusarse de entrar decididamente por este camino, señalado con claridad y convicción por Aparecida. Escuchemos atentamente este llamado a la “conversión integral” y no demos nada por supuesto, recomencemos desde Cristo, el Hijo misionero en el mundo.

Y en tercer lugar, la conversión pastoral de las personas, comunidades y estructuras “exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (DA 370). No encuentro mejor comentario a esta concisa y decisiva afirmación que el número 548 de la conclusión del documento: “Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y de hacer discípulos (cf. Mt 28, 20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero. ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos “areópagos” de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo “ad gentes” nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia”. (DA 548)

Monseñor Angel Garachana Pérez, obispo de San Pedro Sula

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